Crítica
LA OBRA GEOMÉTRICA DEL URUGUAYO DANIEL HEIDE
Por Alfonso de Neuvillate, Diario Novedades, México, 1980.
La obra actual del artista uruguayo Daniel Heide es absolutamente geométrica, sin ningún otro contenido que la inteligente exposición de las esferas, los círculos, las triangulaciones, los poliedros y los paralelogramos, superpuestos o diseminados en el lienzo, exentos y adosados, más como ejercicio mental y como meta a seguir en lo relacionado a la plástica que como proceso para la significancia o para mostrar la esencia de lo existencial.
Todo ello regido por órdenes y cánones específicos, desarrollando una serie de convergencias y divergencias en las que con base a la exaltación de los cuerpos y los volúmenes configurados, a la perfección rítmica y armónica, con diseño llevado a su última consideración y a la sensualidad en el color que pone de relieve un sin fin de hechos sobre lo que significan las tonalidades en la psiquis del espectador, y que vayan a reproducir, arquitectónicamente, lo que el artista con sólida trayectoria desea.
Heide hace algún tiempo realizó tapices en telar incaico y además fue uno de los primeros en Latinoamérica en plasmar formas del hiperrealismo (desnudos completos o fragmentarios de la anatomía femenina, perfeccionistas, de un preciosismo absoluto y agradable, sublimando la figura del ser, en sus estadios de placer y de erotismo, de hedonismo y de idealización).
En fin, que el pintor, que muestra oficio y técnica, que configuraba sus tibias, acariciantes formas femeninas de subyugantes interrogaciones, ahora, como dice, se lanza a los teoremas, a las estructuras, a la geometría, la plana y la del espacio, y con ello se une al grupo de artistas plásticos que van reproduciendo el éxtasis corporal, la figuración volumétrica y el eslabonamiento de esos cuerpos tridimensionales en el vacío, tanto del color como de los horizontes y de las alucinaciones.
Pero es caso distinto al de, verbi gracia, Mérida y Gerzso, los dos baluartes del arte del geometrismo mexicano, ya que ellos toman a lo geométrico como pretexto para otras finalidades e intenciones: religiosas, morales, éticas, cosmogónicas, etc; pero sí está emparentada la obra de Heide con la de Vasarely en especial y con la de algunos estructuralistas argentinos como Mac Entyre y Martorell, o bien como la de creadores como Cruz Diez y con la de aquellos artistas norteamericanos que desde la década de los años cuarenta fueron los pioneros del arte por el arte y de la geometría como geometría, sin ninguna otra intención ni pretensión, ni de estilo ni de trascendencia, como es el caso de Frank Stella y sus arco iris o las flechas y los logos de Robert Indiana.
La apacibilidad de las pinturas de Daniel Heide, las espirales que se van diluyendo en el asomo de los cuerpos, la plasmación de las formas redondas como algo que es principio y que no posee finalidad, el color finísimo que es la reproducción del estado de ánimo, así como la contemporaneidad arquitectónica que manifiestan estas piezas, vienen a mostrar al creador que, atento a la deshumanización por la que atraviesa el arte actual, se evade de cualquier ismo o tendencia y se introduce en la semiótica, en la serie de signos y de señas, de emblemas y de artificios de lo que probablemente será el arte del mañana, y por ello esa consecución de ritmos, de espacios, de teoréticas respuestas a su realidad y su finalización total.
Obra que es para los sentidos, ya que es bella a su observación, pero que no tiene la grandeza, ni la pretende, de otros que eslabonan las piedras angulares de la geometría con los valores de la estética o simplemente la transforman en algo que va más allá de lo físico. Las pinturas de Heide son válidas dentro del contexto actual porque no son improvisaciones, sino respuestas a sus inquietudes, sensibilidad y evidente talento. Artista pues, de verdad, que está configurando un mundo cosmopolita, hermanado con lo que en todas latitudes se va complementando.
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